No
hablo desde la rabia, pero sí desde la urgencia. Hablo desde el cansancio de
ver cómo el mundo se acelera sin mirar lo que deja atrás. Hablo como alguien
que observa, que escucha, que intenta entender, y que aun así no puede evitar
sentir que algo esencial se está descuidando.
Echo
de menos el orden que nace del respeto, no del miedo.
La educación entendida como cuidado del otro, no como corrección vacía.
La palabra dicha a tiempo, el gesto sencillo, la pausa necesaria para no
atropellarnos unos a otros.
Vivimos
en un planeta que respira con dificultad. No porque no tenga recursos, sino
porque los usamos sin conciencia.
La
ecología no es una moda ni una consigna: es una responsabilidad compartida. Cuidar
la tierra es cuidarnos, aunque a veces parezca que lo hemos olvidado.
Me preocupan los derechos humanos cuando dejan de ser evidentes.
Cuando hay que recordarlos. Cuando se relativizan, se discuten o se aplazan. Porque
los derechos no deberían negociarse: deberían protegerse, siempre, a todas las
personas.
Anhelo la paz, no como una
palabra grande, sino como una práctica diaria. Paz en la forma de hablar, de
disentir, de convivir. Paz que no exige uniformidad, pero sí respeto. Paz que
empieza en lo pequeño y se extiende, si la dejamos.
Y,
por encima de todo, creo en el amor hacia las personas. No el amor ingenuo ni
el que todo lo justifica, sino el amor que escucha, que comprende, que pone
límites y que no renuncia a la empatía. Sin empatía, todo se endurece. Sin
empatía, el mundo se vuelve inhabitable, incluso cuando parece funcionar.
No
señalo a nadie. No pretendo dar lecciones. Sólo expreso una preocupación serena
y una esperanza obstinada: que todavía estemos a tiempo de cuidar mejor, de
mirarnos más, de recordar que convivir no es competir y que avanzar no debería
significar arrasar.
Hablo
porque callar ya no me parece una opción responsable. Y lo hago con calma, con
respeto y con la convicción de que aún podemos hacerlo mejor.
(C) JAGJ-2026 JUAN ANTONIO GÓMEZ JEREZ

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