jueves, 22 de enero de 2026

RELATO CORTO “BAJAMAR, DONDE EL MAR CUIDA”

 “Hay lugares donde el mar no se limita a subir y bajar. Lugares donde el agua observa, recuerda y espera. Allí, cada marea guarda una decisión no tomada, cada reflejo es una pregunta sin respuesta, y cada silencio sabe más de nosotros que nuestras propias palabras” 


 “BAJAMAR, DONDE EL MAR CUIDA” 


En Bajamar, la marea no sube ni baja como en otros lugares; aquí tiene recuerdos, y lo hace con una filosofía vieja, afectuosa, como si llevara siglos aprendiendo a acompañar a quienes se quedan junto a él.

La costa parece tranquila, incluso amable, con sus piscinas naturales, su paseo de piedra oscura y el rumor constante del agua golpeando sin insistir, aunque a veces con mucha fuerza, como un caballero que galopa en su caballo de armadura; pero quien vive allí acaba comprendiendo que el mar no es sólo un paisaje sino una presencia que vive y vibra: que observa, escucha, guarda, sostiene, y sube por las rocas con una delicadeza que no necesita imponerse, y a veces parece pretender destronar al propio volcán. El chalet de Alberto, se alza a unos pocos metros del océano, blanco y abierto a la luz, cuidadosamente integrado en el terreno volcánico, como si hubiera pedido permiso antes de asentarse. Los jardines huelen a salitre recién servida, a piedra caliente bronceada por el sol y a plantas resistentes al viento y al sol canario; los senderos rechinan apenas bajo los pasos habituales, y la piscina, de líneas limpias, onduladas y silenciosas, aparece de noche, como un fragmento arrancado del propio mar. Y cuando todo está en calma, bajo la trepidante luz de las estrellas, las luces se apagan una a una, como un teatro acuático de fantasía y el agua, entonces, no refleja: descansa admirando el cielo.

Alberto vuelve tarde de trabajar. Siempre vuelve tarde, no por descuido, sino, más bien, porque el hospital le enseñó a medir la vida en turnos interminables y a quedarse un poco más cuando alguien aún necesita ser atendido, la medicina es y será parte de su vida, su vocación, su forma de enfrentarse a la vida y a la propia muerte. Aprendió pronto, a ordenar el dolor en protocolos, a pronunciar diagnósticos con una voz serena, a sostener manos ajenas cuando la sangre y el miedo se confunden; aprendió a salvar cuerpos y a perderlos, pero también a acompañar en las despedidas, eso sí, nadie le enseñó a aceptar que hay ausencias que llegan cuando ya no hay ciencia, ni alcance a las palabras que consuelen.

Su mujer murió en una primavera adelantada. El cáncer no dejó ningún margen de tiempo para disfrutar de ella un poco más. El diagnóstico llegó tarde, pero certero, los tratamientos fueron correctos, y el final inevitable. No hubo culpa, sólo desgaste, ese que queda cuando pensamos que ya no queda nada. Desde entonces, la noche, el agua y la casa aprendieron a convivir con Alberto en un silencio compartido. Cada noche, después de comprobar que Clara duerme, baja al jardín y se sienta frente a la piscina con una copa que casi nunca prueba. No bebe, no busca el olvido, sino esa quietud suave en la que el agua, con su dulce devaneo, parece devolverle una imagen ordenada. La casa en calma, las luces cálidas, la sensación —frágil pero necesaria— de que aún todo puede sostenerse a pesar de la dureza de la vida.

Durante un tiempo fue así, hasta que algo empezó a moverse con una lentitud tan delicada que no supo ni cuándo empezó. Primero fue una vibración mínima, casi como un suspiro; después, una sombra que no inquietaba, pero hacía mirar a otro lado, aunque acompañaba; más tarde, un gesto en el agua que no pedía explicación. Entonces comprendió que el mar lo envuelve todo, y que incluso cuando parece inmóvil, sabe las cosas que pasan. Clara, su hija, duerme arriba. Es pequeña aun, luminosa, de una dulzura que no avisa, cálida y vital. Los médicos dicen que no está enferma: no hay fiebre, no hay alarma clínica, no hay síntomas aparentes de enfermedad. Pero algo en ella se volvió más callado el día que su madre no regresó del hospital. Desde entonces vive con una tristeza suave y dulce, educada, como si no quisiera cargar al mundo con su pena.

Pero, la llegada de Ismael, otro médico del hospital, cambió la casa despacio. Ismael, médico joven, llegó sin hacer ruido, con una manera de estar que no imponía nada, con una escucha limpia y serena que no pedía explicaciones. Clara empezó a sonreír más, no de golpe, sino como cuando se abre una ventana al amanecer. Alberto lo notó enseguida, se fijó dulcemente en esa influencia amorosa, en aquella alegría, que curiosamente coincidía siempre con la marea baja. A esas horas, la casa parecía respirar mejor, los pasillos se volvían cercanos, el tiempo menos rígido, el aire más liviano, y cuando el mar subía, la calma se recogía sin tristeza, como quien sabe esperar. Nadie más lo percibía. Alberto sí. Por alguna extraña conexión, él sí lo notaba. Pasó un tiempo entre idas y venidas, entre bromas y risas, entre visitas y paseos que reconfortaban a Clara. Y de repente, el amor entre Alberto e Ismael llegó, sin ruido, sin estruendos, como cuando llegan las cosas de verdad, que no necesitan defensa ni explicación sino naturalidad; fueron las visitas a Clara, las guardias compartidas, los cafés humeantes de madrugada, las conversaciones que no buscaban impresionar, sino dar a conocer, los silencios cómodos y esa extraña pero sincera conexión que los unía. Dos hombres cansados de explicarse que se encontraron el uno en el otro, un hogar donde descansar, un lugar donde reposar el pensamiento cansado después de tanto trabajo. Rondaban por el paseo marítimo al caer la tarde; hablaban de sus cosas entre silencios y sonrisas nerviosas, entre miradas y complicidad y el mar los escuchaba. Compartían lo más importante, la delicadeza y la dulzura de Clara, que fue una de las cosas que más hizo que se unieran, casi sin darse apenas cuenta. Tras un tiempo, decidieron casarse sin solemnidad, sin gestos innecesarios, como quien decide quedarse a vivir en una pregunta hermosa. Supieron casi desde el primer día que algo los unía con fuerza, aunque no fueran conscientes de ello a ciencia cierta. La noche de la celebración, el agua se movió. No como una advertencia, sino como un saludo, como una bienvenida a una nueva y maravillosa vida. Durante el evento, algo se cayó en la piscina, aunque el sonido no llegó del fondo. Era un amuleto de aguamarina que quedó suspendido bajo la superficie, flotando con una quietud natural, como una embarcación se mece en el mar. Alberto metió la mano sin pensarlo, el agua estaba tibia, agradablemente acogedora, y comprendió que el amor, cuando es verdadero, deja esas señales invisibles. Desde la escalera, Clara observaba, sonriendo con una serenidad amorosa. En sus ojos brillaba la misma luz que tiene el mar cuando se retira sin hacer ruido, y el mismo color de la aguamarina. Con el paso de los días, la casa aprendió a acompasarse con la marea. Con el mar bajo, todo era más ligero, y Clara canturreaba mientras dibujaba aquellos monigotes divertidos que representaba a ellos tres de la mano, los jardines olían más intensamente, los recuerdos dolían, pero menos. Sin embargo, con el mar alto, la casa se recogía sin angustia, pero como un cuerpo que quiere dormir. Ismael llevaba a veces un pequeño frasco con agua. No era secreto ni promesa, sólo memoria, su memoria familiar. Era ese legado misterioso que recogemos de las madres y de las abuelas, de la sabiduría del corazón y del alma. Alberto lo supo cuando se encontró con su cuaderno, lo miró y comprobó la bondad que había en Ismael, el conocimiento ancestral del poder de lo vivo y lo querido. En el cuaderno azul añil, no había fórmulas ni milagros, sólo mareas, altas y bajas, fechas, nombres antiguos escritos con respeto. Fórmulas y recetas que parecían heredadas de un grimorio marino, de un recuerdo perdurable que embargaba toda su vida y toda su sabiduría natural; no era sólo un médico, era un sanador, un embajador del amor, la armonía y la felicidad. Clara apareció una tarde con una caracola de cristal llena de agua. —Para que estés contento —le dijo a su padre. Ella bebió, sonrió y acarició el borde como si saludara a alguien querido. Alberto sintió un escalofrío en su piel, sí, pero también una ternura profunda que le recordó que amar es aceptar la fragilidad, aceptar a quien amas y que el verdadero milagro se logra cuando consigues encontrar ese equilibrio entre lo bello y lo mágico. Aquella noche el mar mostró su complacencia hacia los tres, habían conseguido ser de nuevo una familia. Habían añadido sus corazones a esa línea divina que lo enreda todo, que lo engloba todo y se sintieron felices. Ismael habló con calma, con la mirada serena y luminosa como las estrellas que cubrían el oscuro cielo de la noche. —El amor no cura —dijo—, pero protege, alimenta el alma desde lo más profundo, desde adentro y hace que la vida se vea desde el color más bonito que se pueda mostrar. Y, por supuesto, eligió quedarse. Ya había elegido a su nueva familia, pero, no renunció a su legado, a su don, a su herencia; no se exigió ningún precio, porque el amor no debería cobrarse como si fuera un intercambio comercial, el amor se siente, o no. El mar lo aceptó sin reclamar nada, porque nada perdía, sólo aumentaba su patrimonio de paz y armonía. La piscina volvió a ser agua común. Clara siguió siendo una niña. Rió sin horarios y durmió sin mareas, tocaba ser felices de nuevo. El mar ya estaba en calma porque no tenía nada que exigir, se sentía satisfecho. El agua reflejó lo que quedaba: dos hombres que se eligen con cuidado, una niña que ofrece su mano, una casa que aprende a descansar.

En Bajamar, el mar recuerda, sí, pero también sabe cuándo es el momento de cuidar en silencio.

 

“El mar aprende pronto los nombres de quienes llegan heridos. Los guardas en su memoria salada, y no los devuelve intactos. En ciertas costas, el agua no refleja el cielo, sino aquello que hemos amado demasiado y no supimos proteger a tiempo”


 

(C) JAGJ-2026 JUAN ANTONIO GÓMEZ JEREZ 

sábado, 17 de enero de 2026

EL PLANETA NO ESTÁ EN GUERRA: ESTÁ SIENDO USADO…

 

No vivimos en un mundo en conflicto. Vivimos en un mundo administrado por la violencia.

Las guerras no nacen del odio de los pueblos, nacen del beneficio de unos pocos. 

El planeta no se rompe por accidente: se fragmenta cada vez que el poder se antepone a la vida.

Mientras discutimos banderas, ideologías y fronteras, la Tierra aprende a llorar en silencio. 

Cada arma señala siempre al mismo lugar: el futuro.

No necesitamos más tecnología para destruir, necesitamos menos impunidad para decidir por otros.

La Tierra no pide héroes. Pide cuidado. Y memoria.

 

 

 

 

 

© JAGJ · 2026
Juan Antonio Gómez Jerez


martes, 13 de enero de 2026

PLANETAMANÍA DE EL ARCHIPIÉLAGO INVISIBLE

 

 "La isla nos aísla del mundo, pero en su silencio, nos obliga a escuchar la verdad más profunda: que el universo entero cabe en el eco de nuestro propio corazón".


"El hombre solitario es una bestia o un dios; en la isla, ambos habitan, porque allí sólo te encuentras tú para definirte". 

 


ISLA I

 “La luz que entra por la ventana”

 

La luz no entró para iluminar la casa, sino para comprobar que yo seguía allí.

La mañana avanzaba sin urgencia. La luz se deslizó por el marco de la ventana como quien no quiere molestar, rozó la pared, se detuvo un instante sobre la mesa y siguió su camino. No traía mensajes ni promesas. Venía a estar. En ese gesto mínimo, casi invisible, la casa recuperó su forma y yo la mía.

Después, la luz se fue, como hacen las cosas que no necesitan despedirse.
Cuando la luz se retiró, la casa siguió en pie, y yo también.

 

 

ISLA II

 “La casa habitada en silencio”

 

La casa estaba en silencio, pero no vacía; respiraba conmigo.

Las habitaciones se sostenían en una quietud antigua, hecha de pasos recordados y de objetos que conocían su lugar. El reloj marcaba la hora sin pedirla, y cada pared guardaba una sombra amable. No había nada que decir. Bastaba con estar: la casa entendía ese idioma y lo hablaba desde siempre.

El silencio no pedía atención; ofrecía compañía. Y en esa compañía, la casa y yo permanecimos.

  


ISLA III

 “El cuerpo que ya no tiene prisa”

 

Mi cuerpo aprendió a llegar tarde a todo, y por fin llegó a mí.

Durante años lo empujé sin escucharle, lo obligué a seguir ritmos que no eran suyos, a cumplir horarios ajenos, deseos impuestos, urgencias que no le pertenecían. Un día, sin anuncio, empezó a moverse de otro modo: más despacio, más cierto. Cada gesto encontró su tiempo, cada respiración su lugar. No fue una rendición, sino un acuerdo. El cuerpo dejó de ser frontera y se volvió casa.

Ahora camina conmigo, no delante. Y en ese paso compartido, el tiempo se volvió habitable.

  


ISLA IV

 “El deseo quieto”

 

El deseo no siempre empuja; a veces permanece, como el mar en calma antes de decidirse.

No fue ausencia lo que sentí, sino una forma más lenta de la presencia. El deseo se había retirado a una zona oscura y fértil, lejos del gesto, lejos del reclamo. Allí no pedía cuerpos ni promesas: respiraba. Era una corriente subterránea, antigua, que conocía mi nombre sin pronunciarlo. En esa penumbra aprendí que desear no es tomar, sino reconocer lo que vibra, aunque no se toque.

El deseo se quedó quieto para no hacerse daño. Y en esa quietud, siguió siendo verdad.

 

 

ISLA V

 “La herida que ya no sangra”

 

La herida seguía ahí, pero había aprendido a callar.

No desapareció: se volvió forma. Como una grieta antigua en la roca, dejó de pedir atención y empezó a sostener el paisaje. Alrededor de ella crecieron gestos más sobrios, palabras más exactas, una manera distinta de estar en el mundo. No hubo perdón solemne ni olvido. Hubo integración. La herida se convirtió en borde, y el borde en límite habitable. Desde ahí, todo fue más verdadero.

La herida no cerró: se volvió firme. Y en esa firmeza, dejó de mandar.

 


ISLA VI

 “La espera sin angustia”

 

Esperar dejó de ser una tensión y se volvió una forma de estar.

No esperaba a nadie ni a nada concreto. La espera había soltado el objeto y conservado el gesto. Era un tiempo ancho, sin relojes apretando, sin señales que interpretar. Como la tierra volcánica antes de que algo brote, permanecía abierta, disponible, sin exigencia. En esa suspensión aprendí que no todo lo valioso anuncia su llegada, y que vivir también es confiar sin garantías.

La espera no prometía nada. Por eso podía sostenerlo todo.

  

ISLA VII

 “El silencio del viento”

 

El viento no traía mensajes; traía espacio.

Soplaba sin intención, sin destino, limpiando el aire de restos inútiles. No empujaba: atravesaba. En su paso quedaban los pensamientos más livianos y una claridad casi física, como si el cuerpo entendiera antes que la mente. El viento no explicaba nada, pero dejaba todo en su sitio. Aprendí a quedarme quieto dentro de él, a no oponer resistencia, a permitir que el exceso se marchara. En ese silencio móvil, algo esencial se quedó.

El viento no se oye cuando se acepta. Entonces solo queda el espacio.

 

 

ISLA VIII

 “El mar que siempre vuelve”

 

El mar no insiste: regresa.

No pregunta si lo espero ni si lo entiendo. Vuelve porque es su manera de estar en el mundo. A veces llega manso, otras oscuro, otras lleno de restos que no reconozco, pero siempre vuelve igual a sí mismo. Frente a él aprendí que nada se pierde del todo, que incluso lo que se va deja una sal invisible en la piel. El mar no guarda memoria: la devuelve. Y en ese ir y venir constante, supe que también yo formaba parte de ese movimiento antiguo.

El mar se aleja para poder volver. Y al volver, me nombra sin palabras.

 


SONETO DEL ARCHIPIÉLAGO INVISIBLE

 

La luz llegó sin voz a la ventana,

probó mi pulso, y se volvió marea;

la casa, en sombra fiel, fue tierra llana

donde el silencio habita y no desea.

 

Mi cuerpo, ya sin prisa ni condena,

aprendió a andar al ritmo de la piedra;

el deseo, en su noche más serena,

ardió sin reclamar carne ni hoguera.


La herida fue relieve y no frontera,

la espera, un campo abierto sin temor;

el viento hizo del hueco su manera.


Y limpió de exceso el pensamiento y el rumor.

Y el mar —que va, regresa y siempre vuelve—

me dijo: todo pasa, y algo envuelve.

 

 

 

 

 

(C) JAGJ-2025 JUAN ANTONIO GÓMEZ JEREZ

sábado, 10 de enero de 2026

DESDE UN RINCÓN DE MI CORAZÓN

 

“Hemos aprendido a correr, a producir y a opinar,

pero estamos olvidando algo esencial:


que el mundo no necesita más ruido,

sino manos dispuestas a sostenerlo sin romperlo”

 

No hablo desde la rabia, pero sí desde la urgencia. Hablo desde el cansancio de ver cómo el mundo se acelera sin mirar lo que deja atrás. Hablo como alguien que observa, que escucha, que intenta entender, y que aun así no puede evitar sentir que algo esencial se está descuidando.

Echo de menos el orden que nace del respeto, no del miedo.
La educación entendida como cuidado del otro, no como corrección vacía.
La palabra dicha a tiempo, el gesto sencillo, la pausa necesaria para no atropellarnos unos a otros.

Vivimos en un planeta que respira con dificultad. No porque no tenga recursos, sino porque los usamos sin conciencia.

La ecología no es una moda ni una consigna: es una responsabilidad compartida. Cuidar la tierra es cuidarnos, aunque a veces parezca que lo hemos olvidado.



Me preocupan los derechos humanos cuando dejan de ser evidentes.

Cuando hay que recordarlos. Cuando se relativizan, se discuten o se aplazan. Porque los derechos no deberían negociarse: deberían protegerse, siempre, a todas las personas.

Anhelo la paz, no como una palabra grande, sino como una práctica diaria. Paz en la forma de hablar, de disentir, de convivir. Paz que no exige uniformidad, pero sí respeto. Paz que empieza en lo pequeño y se extiende, si la dejamos.

Y, por encima de todo, creo en el amor hacia las personas. No el amor ingenuo ni el que todo lo justifica, sino el amor que escucha, que comprende, que pone límites y que no renuncia a la empatía. Sin empatía, todo se endurece. Sin empatía, el mundo se vuelve inhabitable, incluso cuando parece funcionar.

No señalo a nadie. No pretendo dar lecciones. Sólo expreso una preocupación serena y una esperanza obstinada: que todavía estemos a tiempo de cuidar mejor, de mirarnos más, de recordar que convivir no es competir y que avanzar no debería significar arrasar.

Hablo porque callar ya no me parece una opción responsable. Y lo hago con calma, con respeto y con la convicción de que aún podemos hacerlo mejor.


“Tal vez no haga falta inventar nada nuevo,

sino recordar lo que ya sabíamos:


que cuidar, respetar y convivir


también es una forma profunda de inteligencia”

 

 

 

 

 

(C) JAGJ-2026 JUAN ANTONIO GÓMEZ JEREZ


viernes, 9 de enero de 2026

DIBUJOS

DIBUJO-1




SUEÑOS QUE VAN, 
SUEÑOS QUE VIENEN, 
PALABRAS QUE SE ESCONDEN 
DEBAJO DE LA ALFOMBRA


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DIBUJO-2




UN OJO QUE VE,
UN ESPACIO QUE SE CURVA,
UN CRISTAL QUE NO REFLEJA,
UNA PALABRA QUE NO SE DICE.


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DIBUJO-3




UN CAFÉ QUE DESPIERTA INTENCIONES,
UN VACÍO QUE SE PIERDE,
UN SILENCIO QUE HUYE DEL ECO,
UNA PARED QUE TREPA 
IRREMEDIABLEMNTE.


-----------------------------------------------------------(C) JAGJ 2026

PLANETAMANÍA DE PALABRAS… VI “PLANETA LUZ”

 

PROSA, POESÍA, PROSA POÉTICA, SONETO.

“PLANETA LUZ”

 

“La luz es un símbolo poderoso de libertad y comunicación; frases como "Si quieres brillar como el sol, primero arde como el sol" (autor desconocido) y "Siempre hay luz si tan sólo somos tan valientes para verla, si tan sólo somos tan valientes para serla" (Amanda Gorman) resaltan la luz como guía y emancipación, mientras que otras, como "En tu luz aprendo cómo amar. En tu belleza cómo hacer poemas" (Rumi), la vinculan a la inspiración y la revelación, conectando el conocimiento y la verdad con la libertad de ser y expresarse”

PROSA POÉTICA


La luz de la mañana, o la luz de la tarde, la luz que entra por la ventana, la luz que acaricia tu mirada, la luz que desprendes cuando me miras, quizá se ese rayo de sol que lo ilumina todo que lo desborda todo.

Esa es la luz que quiero, la que me hace grande, la que me hace fuerte, la que me sigue dejando ser libre. 

 

"La luz no es sólo ausencia de oscuridad, sino la conciencia que disipa las sombras de la ignorancia, iluminando el camino de la verdad y la autonomía; es el faro de la razón que nos saca de la cueva platónica de las apariencias, permitiéndonos ver más allá de las cadenas impuestas por el miedo y la superstición, y así, en esa claridad, se revela la verdadera esencia de ser libre: no sólo existir, sino comprender y elegir con pleno conocimiento, porque sólo donde hay luz, puede germinar la voluntad emancipada del alma".

 


                                     


SONETO ALEJANDRINO

“PLANETA LUZ”

 

La luz nace del silencio más hondo del querer,
y atraviesa la oscuridad sin miedo a naufragar;
y se vuelve grande el alma cuando aprende a arder
y entiende que en la herida también, sabe renacer.


Hay mañana en los ojos que se atreven a creer,
y hay tarde que se incendia de promesas por nombrar;
cada noche es camino que conduce, sin saber,
a un pulso de libertad que insiste en respirar.


No es luz la que deslumbra ni exige sumisión,
es llama, que acompaña, verdad que no se impone;
y alumbra cuanto toca sin pedir condición.


Y cuando todo acaba, sin ruido, sin señal,
comprendo que la luz no muere: se transforma en final,
y queda ardiendo intacta donde el amor dispone.

 

 

 

 

(C) JAGE – noviembre 2025

PLANETAMANÍA DE PALABRAS… V "LIBERTAD"

 POESÍA - PROSA POÉTICA - PROSA - SONETO

“PLANETA LIBERTAD”

 

“La libertad es un concepto universal habitado por palabras hondas, de esas que no se pronuncian a la ligera. Palabras que nacen en la responsabilidad íntima y se expanden hasta la lucha política, cruzando siglos, fronteras y conciencias. Porque la libertad auténtica —como recordaron Mandela y Darrow— no existe sin el respeto profundo por la del otro; como defendieron Faulkner y Sampedro, no puede florecer sin el derecho a elegir, a pensar sin ataduras, a caminar con la cabeza despierta; y, por encima de todo, sin la valentía de ser uno mismo. Para Espronceda y Camus, la libertad es un tesoro que se defiende con el cuerpo y el alma, aun cuando el precio sea alto. Para Benedetti, en cambio, adopta una forma más silenciosa y radical: la de negarse a hacer aquello que no se desea, la de decir no sin culpa. En todas sus miradas, la libertad se revela como una raíz esencial de nuestra existencia, el hilo invisible que nos sostiene y nos explica”

 


La libertad está impregnada en uno mismo, pero también en los demás. Habita lo que creemos ser, lo que aspiramos, lo que los otros reflejan de nosotros en su mirada. Es un diálogo constante entre el adentro y el afuera, entre la identidad propia y la convivencia compartida.

La libertad es un soplo de aire fresco que acaricia sin cesar. Es un trozo de mar que te baña lentamente, rodeándote con manos de espuma. Es poder ser, sin máscaras ni permisos innecesarios. Porque poder no poder… eso ya sería otra cosa muy distinta.

 

"¡Oh, libertad gran tesoro! porque no hay buena prisión, aunque fuese en grillos de oro" (Lope de Vega),

 "La libertad no es digna de tener si no incluye la libertad de cometer errores" (Gandhi)

"El hombre es libre en el momento en que desea serlo" (Voltaire), 

 

SONETO: LIBERTAD

 

Amor que nace al filo del respeto,
pasión que no encadena su latido,
libertad que en el pecho hace su nido
y enseña a amar sin miedo ni secreto.

El mar pronuncia espuma en son discreto,
rocío fiel del sueño compartido,
el aire guarda un nombre ya sabido
en silencios desvelados, pulcro y quieto.

Cruza un cometa lento la razón,
educación del gesto y la mirada,
honrando el pulso noble del deseo.

Así se escribe el mapa del querer:
sin ruido, con ternura bien cuidada,
amor que es mar, y vuelo, a cielo abierto.

 



 

 

(C) JAGE – 2025


jueves, 8 de enero de 2026

PLANETAMANÍA DE PALABRAS… IV “PLANETA VIDA”

 

PLANETAMANÍA DE PALABRAS… IV

POESÍA · PROSA POÉTICA · PROSA

“PLANETA VIDA”

 

“Lo esencial es invisible a los ojos”.
— El Principito, Antoine de Saint-Exupéry

“El propósito de nuestras vidas es ser felices”.
— Dalai Lama

 

Ya casi no recuerdo cuánto tiempo he estado encerrado en mí, ya no recuerdo cuándo fue la última vez que no lloré. Y hoy quiero comenzar a dejar de hacerlo, definitivamente… hoy quiero empezar a ser libre, vida, dulce y amada vida.

¡No digas eso…!

¡No toques eso…!

¡No te rías así, que pareces un loco…!

¿No has tenido alguna vez esa sensación de no encajar en ningún engranaje?

¿De sentir que siempre hay alguien intentando controlar tu forma de ser?

Esa mirada inquisitoria…, ese toque nervioso bajo la mesa que te alerta de haber hecho algo mal…, esa carraspera censuradora que te descubre y te expone.

Tendríamos que enamorarnos de nuestra propia existencia, seamos como seamos. No todas las personas podemos ser iguales, y si no encajamos con los otros, tal vez la vida esté señalándonos otro camino. Quizá no sea el de dejar de ser nosotros mismos para contentar a los demás.

Sin hacer daño a nadie, a la única persona a la que deberíamos contentares a nosotros mismos.

Uno de los retos más difíciles es ser uno mismo en un mundo donde la mayoría está tratando de ser alguien más.

He pasado la vida dentro de una botella arrojada al mar, bien cerrada,
para que no pudiera salir, para que no se me oyera, para que no se notara que estaba ahí.

La vida —esta vida— ha sido tumultuosa, sorprendente, indecisa, envolvente y arrolladora; a veces cruel, a veces amorosa y casi siempre apasionante.


 “Tu tiempo es limitado, así que no lo malgastes viviendo la vida de otra persona. No te dejes atrapar por el dogma, que es vivir con los resultados del pensamiento de otras personas”.

— Steve Jobs

 

A veces la vida abruma con sus sonidos, otras, ensordece con sus silencios. Es un camino largo o corto que debemos recorrer irremediablemente, pero deberíamos hacerlo en las mejores condiciones posibles.

Y si esta vida es un gran teatro lleno, donde cada cual representa su papel, yo quiero empezar a representar el mío.

¿Y tú?

Planeta Vida (poesía)

 

Un día
aprendí que no debía pedir permiso
para respirar a mi manera.

Que la voz no nace obediente,
nace temblor,
y solo después se vuelve canto.

Fui continente mal dibujado en los mapas,
error de imprenta,
nota al margen del libro ajeno.
Pero incluso así,
latía.

Me dijeron: encaja.
Me dijeron: baja el tono.
Me dijeron: sé normal.
Como si la normalidad
no fuera otro disfraz cansado.

Hoy descorcho la botella.
No para gritar,
sino para que el mar
sepa mi nombre.

No quiero ser héroe,
ni ejemplo,
ni estatua.
Quiero caminar sin vigilancia interior,
reír sin culpa,
existir sin excusas.

Si este mundo es un teatro,
yo elijo mi papel:
el del que se atreve, por fin,
a estar vivo
sin pedir perdón.

 

 

(C) JAGJ-2025